Un campamento de líneas rojas

Desde hace un tiempo, la vida se endureció en El Besós, un barrio de la periferia de Barcelona históricamente obrero y que se convirtió en una zona peligrosa debido a la desatención gubernamental.

/ Reportaje publicado en La Tinta

La droga vuelve a dominar el barrio de una manera silenciosa. Los diferentes clanes se lo reparten en medio de un mar de disputas por mantener el control del mercado. Con ellos, un reguero de toxicómanos campa a sus anchas por las calles. Bancos, parques, portales y callejones terminan siendo destino frecuente de aquellos que gastan sus escasos ahorros en un chute, quien sabe si el último. Raro son también los días en que no se producen robos a cielo abierto o aparecen contenedores en llamas, obra de algún pirómano que aprovecha la protección de la noche para saciar su apetito destructivo.

Todos estos vicios recalan en una pequeña carpa a rayas –verdiblanca- instalada sobre un pequeño espacio cubierto de césped, a los pies del edificio de Telefónica, situado en la zona del Fórum, justo a orillas del mar. Grandes bloques y hoteles de nueva construcción se alzan sobre el humilde entoldado, haciéndolo aún más chiquito e insignificante. No más de seis metros de largo y dos de ancho donde se apilan varias mesas, bolsas con comida, megáfonos, silbatos, carteles, y algún que otro juego de cartas que ayuda a matar el tiempo. Alrededor del cobertizo, pancartas hechas de tela raída, algunas incluso rotas y medio deshilachadas, empapelan el lugar. Gran parte de ellas reclaman un barrio digno. Todas, menos una.

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