Antes que saltara del tren

Hacia bastante tiempo que no subía a uno, me había acostumbrado a coger el coche de mi padre o montarme en el de mi novia o el de mis amigos. A pesar de ser más cómodo, no me importaba, siempre me había parecido interesante viajar en tren. Es un sitio del que no te cansas, está vivo, mires donde mires hay algo en lo que vale la pena pararse unos minutos.

A mi lado estaban sentadas un par de coreanas bien entradas en la vejez. Vestían una especie de tejanas llena de flores y de colores y unas grandes gafas negras, los cristales estilo ahumado y con acabados en punta a la altura de las cejas. No entendía que decían, pero se interrumpían constantemente, inmersas en una especie de juego infantil. Pronto pasamos por encima del río Llobregat, peculiarmente lleno debido a la última borrasca, y lo observaban con asombro a pesar de que no era un río bonito, ni nada de alrededor merecía la pena ser admirado.

Unas paradas más allá, un grupo de excursionistas venían de Montserrat. Llevaban toda la mañana buscando espárragos. – Si la gente no fuera tan avariciosa, no tendríamos que ir hasta allí a cogerlos, se quejaba uno. – La gente va a la montaña y en vez de coger un manojo llena bolsas y bolsas. A saber que hacen con eso, no creo que sean capaces de comer tantos, replicaba otro.

Me bajé en Plaza España. Mientras caminaba por el pasillo que conectaba con la línea verde me encontré con un tipo medio desmayado, supongo que borracho, sin camiseta. A su lado, una botella de sangría Don Simón medio vacía lo delataba. Pese a la tristeza de la estampa, había algo realmente bello en aquella imagen. El tipo era joven, negro y de constitución atlética aunque empezaba a perder solidez y se empezaba a atisbar algún que otro pequeño Michelin. Parecía que estuviera posando para todos nosotros. A cambio, la gente le respondía con miradas, pero no como se mira normalmente a un vagabundo, en el caso que se mire. No eran miradas de pena o indiferencia, más bien lo contemplaban como una obra de arte. Me recordaba a la maja desnuda, de Goya. Su brazo derecho mantenía a su cuerpo en alto, como una columna a un templo, dejando el hombro levemente situado por encima de la espalda, a la altura de su cabeza, medio caída, mientras que el resto del cuerpo, en manos de la gravedad, se deslizaba lentamente hacia el suelo. Sus piernas estaban juntas y flexionadas al estilo de la sirenita de Copenhague.

Con el tiempo descubriría que su presencia allí era habitual. Se dedicaba a contemplar el tráfico que fluía entre ambas líneas. De vez en cuanto le caían un par de monedas. Había acabado siendo un elemento más de lo que llamamos «mobiliario urbano». Como si con el dinero de nuestros impuestos, el ayuntamiento hubiera decidido poner aquel hombrecillo en aquel lugar para recordarnos que todos podemos acabar teniendo la misma suerte. En cierta manera, muchos de los que pasábamos por allí ya éramos una especie de mendigos asalariados.

El resto del viaje fue bastante tranquilo, sin mucho que resaltar, más allá de alguna que otra cucaracha o ratoncillo. A nadie le perturbaba la presencia de aquellos seres, menos a mí. No podía soportarlos, les tenía autentica fobia. Se abrieron las puertas y salté de un brinco afuera de los límites del tren.

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